Malasia, definitivamente inolvidable



Dos semanas después de nuestro aterrizaje en Kuala Lumpur y tras unos 875 km, hemos dejado a nuestras espaldas Malasia, abriendo un nuevo capítulo sobre terreno tailandés. Parece imposible que todas las experiencias vividas se concentren en un periodo tan corto de tiempo.
Lo que más nos ha impresiondo y  ha dejado una huella imborrable en nuestra memoria es la solidaridad, hospitalidad y gentileza de TODAS las personas que hemos encontrado en nuestro camino.

La hospitalidad, protagonista de este capítulo
Habíamos puesto todas nuestras esperanzas en encontrar una pequeña pensión en la ciudad de Beruas, que por el tamaño parecía ser la más grande de la primera zona semimontañosa al norte de Kuala Lumpur. Al llegar, descubrimos que sólo constaba de casas, un par de tiendas y restaurantes, así que a pesar de que la noche se echaba encima, nos cargamos con alimentos y continuamos la ruta, buscando un rincon en el que poder acampar. Por los alrededores tan sólo había plantaciones de aceite de palma, terrenos pantanosos saturados de mosquitos, que podían hacer la noche insoportable. Por ello, no nos quedaba otra que seguir pedaleando hasta encontrar alguna solución. Para completar la jugada, el monzón nos regaló una de sus tormentas, que no tenía pinta de durar tan sólo media hora, como es habitual. Paramos a cubrirnos con ropa de lluvia, cuando un simpático hindú de la región paro su coche para ofrecernos ayuda: acabamos acampando en el pórtico de su casa. Fue una experiecia inolvidable, ya que poco después de llegar, fueron apareciendo sus amigos y familiares dando lugar así a un intercambio cultural muy interesante. A pesar de haber dejado claro que no queríamos molestar, tan sólo poner nuestra tienda de campaña en su jardín y partir al amanecer, la familia no dudó en cocinar para nosotros y ofrecernos ducha, baño, etc. Incluso se levantaron por la mañana para prepararnos el desayuno.
Fue esa la noche, al llegar la temperatura de nuestra tienda de campaña a unos 50 grados, cuando nos dimos cuenta de que eso no podía seguir así. A partir de entonces, si dormimos fuera, es siempre al aire libre, cubiertos de spray antimosquitos y espirales de incienso que funcionan muy bien para auyentar a nuestros pequeños enemigos.
Días más tarde, nos daríamos cuenta de que esa no sería la única experiencia de este tipo. Pedaleando al atardecer bajo la lluvia buscando un refugio, un coche con dos malayos musulmanes pararía para ofrecernos una casa de veraneo de sus familiares, que en ese momento se encuentra vacía. Nos explicaron que ellos mismos eran ciclistas, y que nosostros no éramos los primeros viajeros en hacer noche en esa casa. Nos prepararon un te y mantuvimos conversaciones interesantísimas.
Todo esto son lecciones de solidaridad y hospitalidad, que por lo menos nosotros, no recibimos en la escuela habiendo cursado la EGB.

¡No estamos sólos!
Fue una mañana almorzando a la orilla de la carretera cuando paso un ciclista y se paró a saludar. Resultó ser un chico de Andalucía, que viaja desde hace 8 meses. Al descubrir que seguimos la misma ruta, decidimos continuar juntos.
Un día más tarde llegaríamos a Penang, ciudad en una isla a la que tuvimos que llegar en barco, ya que hay un puente, pero es autopista y no nos permiten cruzarlo con la bici.
En esa ciudad encontramos a Tom, un compañero de viaje de Jose (el andaluz) y Donald, un escocés que pedalea desde hace dos años por el mundo.
Fue sobretodo un encuentro enriquecedor para nosotros, como principiantes en el mundo ciclista, la cantidad de consejos de cuidados y mecánica, de historias de la carretera, etc. de boca de veteranos expertos. De verdad, nos quitamos el sombrero al oir con la boca abierta las aventuras que han vivido estas personas.

Descanso, playa y escalada en Penang
En la isla de Penang teníamos planeado nuestro primer día de descanso. Fue un día en el que hicimos un paseito a Monkey Beach (Playa de los monos) en el parque natural de la isla. Allí hay que tener cuidado con las pertenencias, ya que el nombre de la playa se corresponde muy bien con la realidad: en cuanto te descuidas, aparece un mono (o muchos) y te quitan los zapatos, la cámara, la comida... ¡lo primero que vean! Fuimos cuidadosos, y volvimos con todo a casita.
El segundo día en la isla, nos dispusimos a escalar, pero la pared estaba un poco escondida, y a la vez que la encontramos, nos encontró en Monzón a nosotros, así que tuvimos que recoger las cosas y quedarnos con las ganas.
Al día siguiente, nos pusimos de nuevo de camino, ya que sabíamos que había muchas otras paredes esperándonos.

Escalada en Perlis
Después de hacer noche en Kangar, llegamos al mediodía a la pared de Bukit Keteri. Frente a la roca se encuentra a orilla de la carretera un restaurante, decorado con fotos de escaladores y llevado por una mujer muy extrovertida y simpática. Ella nos ofreció su jardín para acampar y nos explicó el camino a pie de las vías. Su marido, no tardó en llamar a los escaladores locales para advertirles de nuestra presencia.

El primer día, con cascos y linternas, investigamos la pared “por dentro”, ya que la montaña está llena de cuevas y tiene un sistema de galerías muy obvio y a la vez impresionente e imponente.
Lo mejor de todo fue sin duda, compartir la jornada con los escaladores y escaladoras locales. Nunca podríamos parar de decir gracias.
Nos contaron que el terreno lo ha comprado un millonario con intenciones de construir un parque de atracciones. Esta no sería la primera pared en Malasia, que después de estar equipada por escaladores, se convierte en propiedad privada y requiere pagar entrada para poder escalar. Seguimos en contacto con la gente, y les apoyamos en su lucha para evitar que ello suceda. Seguiremos informando de la situación.

Todo va sobre ruedas
Poco a poco se van haciendo nuestros cuerpos serranos a las largas horas de camino. Hacer unos 100 km al día se ha convertido en rutina; nuestros culos se amoldan al sillín y nuestros músculos han dejado de quejarse.
Hoy hemos tenido la primera “verdadera” subida, con una pendiente de 10% durante unos 8 km hasta llegar a 280 m. Ahí si que hemos notado la falta de experiencia y entrenamiento, ya que para transportar los 30 kg de equipaje que cada uno llevamos a semejante altura, ha habido que hacer varias paradas para permitir al corazón y la respiración recuperar el ritmo habitual.
No creemos que damos a basto bebiendo, en comparación con lo que se suda.
La recompensa la tuvimos al otro lado de la montaña, con una bajada que nos permitió alcanzar los 50 km/h sin esfuerzo en la recta final.
En ese momento pusimos dos sellos en nuestro pasaporte, uno que finaliza el capítulo Malasia, y el que abre el telón a Tailandia.
Seguiremos contando nuestras andanzas y nos alegramos que las vivais con nosotros.



1 comentario:

  1. hola Laurita,
    Me alegro de que esteis disfrutando de vuestro viaje, nosotros tambien disfrutamos leyendo vuestras aventuras en el bloc.
    Espero que todo os siga yendo muy bien y muchos besos para ti y para HauKe de mama y papa.

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